En Pampaneira, donde las calles parecen haber sido pensadas para entretenerse con los vecinos, la edición pasado del Festival Sulayr se fue desplegando como una forma de ocupación suave del espacio, casi doméstica, en la que las instalaciones artísticas no entraban como visitante sino como algo que ya estaba, esperando el momento de ser vistas acompañando la música de los grupos que hervían por los rincones.
Aquí lo singular no se limitó a lo que ocurrió en los escenarios -si es que podía hablarse de escenarios en un pueblo que se ofrece entero-, sino a la manera en que el arte se filtró por las fachadas, se detuvo en los tinaos, se colgó en los rincones donde la luz hace lo que quiere con las sombras. Es un pueblo que se muestra sin necesidad de explicarse, donde lo cotidiano convive de forma natural con lo artístico.
En ese relato, el eje de Arte y Espacio Público, atravesado por el hilo como símbolo y materia, tuvo un papel central. Las mujeres de Pampaneira, que llevan años tejiendo sin saber que también están escribiendo una historia, fueron protagonistas de una creación que puso en relación lo académico y lo doméstico, sin jerarquías entre ambos. Proyectos como PampArte convirtieron el tejido en lenguaje, en una forma de decir “nosotras” sin necesidad de proclamarlo.
Algo parecido ocurrió con Hilando Juntas, donde el ganchillo dejó de ser únicamente una técnica para convertirse en un punto de encuentro, una excusa para la conversación y la continuidad, esa forma discreta de comunidad que no necesita grandes gestos para sostenerse.
A ello se sumó CRAC (Cultura Rural y Arte Contemporáneo), que acercó a estudiantes de Bellas Artes a las mujeres, sus hilos y sus espacios. De ese diálogo surgieron instalaciones que parecían haber crecido con las piedras.

Y entre tanto hilo, aparecieron también pequeñas irrupciones: las Píldoras de Circo o El Rincón de los Sueños Perdidos, donde el objeto y la escena se confundían con el público.
Lo raro no es sólo lo que se presenta, sino cómo y quién lo construye. Y en este caso, el escenario es de las mujeres del pueblo, quienes desde lo cercano, convierten el arte en un proceso colectivo que transforma el espacio y lo llena de significado.